"Recuerdo, como si lo viviera hoy, el primer día que entré en un camerino..."

Desde niña sentía una gran atracción por el mundo del espectáculo, sus luces, su color, sus personajes... era hermoso.
Siempre he sido una gran soñadora. En muchas ocasiones, a lo largo del día, me dejo llevar por la ilusión y la fantasía... Me gusta soñar despierta, imaginar historias y mundos distintos y fantásticos. Creo que esto se lo debo en especial a mi abuela Pepa, la mejor narradora de cuentos que he conocido en mi vida, y a mi madre, que desde que mis hermanas y yo éramos pequeñas, nos ha aleccionado en el amor hacía el cine, hacia el teatro, hacia la historia, hacia la música y hacia cualquier tipo de arte. Nos ha cultivado en la lectura, en la disciplina del estudio y en la creatividad del juego.
También ha influenciado considerablemente en mi y en mi vocación artística-técnica mi hermana mayor Angie, la voz más hermosa y dulce... ¡Es cierto! podéis comprobarlo en www.myspace.com/angierodriguezcruz. ¡Sí, sí! ¡es mi hermana!

Angie siempre fue una niña muy introvertida, tranquila, silenciosa... muy diferente a mi, el alma del desarreglo, del invento, risueña, extrovertida, inquieta... ¡vamos! un regalito.
En 1987, Angie formaba parte de la compañía de teatro del Instituto Martínez Montañez, en Sevilla, y un día me invitó a una función. Eran cuatro o cinco los que formaban el grupo, pero claramente sólo recuerdo a tres: Belen(una bonita chica), Pepe "el saetero" (el que hacía de bueno) y Vicente Romero (el que hacía de malo). Habían preparado un sketch basado en la trama cómica-romántica de un instante de cine mudo.
Llegué curiosa a las puertas del Instituto Lucas de Tena de Sevilla, cerca de donde vivía mi abuela y donde iba a tener lugar la representación. Aparqué mi bicicleta en una farola cercana y entré.
Mis pasos me llevaron a una sala amplia y vacía donde una variada gama de grises vestía el escenario. Me sorprendió entonces la voz de una chica mejicana, le pregunte y amablemente me condujo hacia donde la compañía se preparaba para la esperada exhibición... Aquella habitación final llamó mi atención, ¡sí!. Con sus amplios espejos bordados por un relámpago de luces que encuadraban sus caras, reflejando rostros borrados cubiertos por una pasta blanca y cremosa.
Quedé fija y tímida mirando a uno de ellos, era Vicente. Simpático hizo el juego del que se cree adulto hacia un menor, me habló con cariño. Tomó un lapicero negro del tocador y dijo: -"¡Ahora verás!"- ¡y se lanzo hacia uno de los extremos de su frente!, pintándose una perfecta y espesa ceja que marcaba su carácter de personaje malvado. Me gustó entonces aquella ilusión de dibujo, aquel maquillaje caracterizador, y aún me gusta.
R.R.C







